miércoles, 19 de marzo de 2008

LA MUERTE DE LAS IDEOLOGÍAS

LA MUERTE DE LAS IDEOLOGÍAS

Por Gustave Thibon

Es común confundir la filosofía con un conjunto de conocimientos abstractos sobre objetos tan irreales como ella misma. Quien así piensa no anda descaminado si la identifica con las ideologías moderno-contemporáneas desgajadas de la tradición secular de Occidente. Para ésta, por el contrario, la preocupación fue siempre dar respuesta a la pregunta por el ser real.

El 9 de julio de 1981 el Instituto de Estudios Universitarios tuvo el privilegio de recibir la visita de Gustave Thibon, cuya obra trata –como lo dice él mismo– de “iluminar con la luz de una sabiduría eterna los acontecimientos y los problemas de la vida cotidiana”. Él es, por excelencia, un filósofo de la realidad.

Quien haya leído alguno de sus escritos, inmediatamente queda atrapado por un lenguaje sencillo, matizado de gracia y, a la vez, profundo, un lenguaje que sólo utilizan los que realmente saben ver las cosas como son.

Quizás la razón resida en que Thibon no transitó por las aulas enciclopédicas y racionalistas de un colegio secundario ni tampoco por ninguna universidad. Cursó la escuela primaria en su pueblo natal; posteriormente al ser movilizado su padre en la guerra del catorce, debió dedicarse a las tareas agrícolas de la granja familiar ayudando a su abuelo. Así transcurrieron más de diez años, hasta que en un momento, allá por su veintena, despertó en
él un ansia profunda de conocer, de hallar además un sentido a la vida y de reencontrarse con el cristianismo que había sido el patrimonio de sus ancestros, pero al que había permanecido indiferente desde su primera comunión.

La preocupación de Thibon es el hombre y es Dios. Ese hombre de la sociedad actual, arrasado por el consumismo, por las cosas triviales, inmerso en una sociedad artificial que lo ha ido alejando lentamente de su verdadero ser. Él es crítico de esta civilización pero su voz no es desesperada. Indica un camino: el retorno a Dios y a las cosas naturales por Él creadas.

El pensamiento de Thibon no es sistemático, pues discurre sobre el existir diario y algunas de sus obras se componen de aforismos que hablan a partir de los hechos más simples; aforismos que no se dirigen tanto a la razón discursiva, como a los ojos del entendimiento para que ellos mismos descubran en la realidad la luz de la verdad. Creo que toda su obra se explica en función de que hunde sus raíces en la tierra, de la que su autor no se ha apartado para mirar al cielo. Tierra que le ha dado una tradición a la que le ha sido siempre fiel. Es ese mediodía francés que recuerda geográficamente a nuestra cuna helénica, donde se conjuga el verdor de los viñedos y el ocre montañoso. Sin duda tierra exigente para el cultivo y, quizás por esa misma razón, tierra mucho más amada por los labriegos, como en este caso Thibon.

Eduardo Martín Quintana

Antes de entrar en tema, les contaré una pequeña anécdota que me hizo reflexionar sobre las ideologías. Cuando yo era muy pequeño, tenía un tío abuelo –muerto hace ya muchos años– que vivía en Buenos Aires y que vino a visitarnos hacia los años diez u once de este siglo. Un día en que paseaba con él, me preguntó: ¿Sabes aritmética?; yo le contesté: “Y muy bien, tío”. Entonces, él me dijo: “Mira, encima de un árbol, hay diez pájaros. Pasa un cazador, dispara y mata seis pájaros. ¿Cuántos quedan posados en el árbol?”; y yo respondí: “Cuatro”; “No, no,
tontino, porque cuando el cazador disparó, todos los otros pájaros huyeron”. Ésa es, precisamente, la diferencia entre la idea y los hechos; es lógico decir que son cuatro, pero en la práctica ello no ocurre porque los hechos no están siempre de conformidad con la idea. Es entonces que hablamos de ideología. La palabra ha nacido hace dos siglos de un filósofo francés, hoy desconocido, llamado Despy de Tracis, y designa la ciencia que tiene por objeto
estudiar las ideas, sus caracteres, sus leyes, su relación con los signos que representan, sus orígenes, etcétera. Es una ciencia como cualquier otra. Actualmente, la palabra “ideología” ha adquirido un sentido diferente, un carácter peyorativo. Designa un pensamiento desgajado de la realidad, que se desarrolla de modo abstracto a partir de sus propias pautas, sin relación alguna con el hecho real (Napoleón, al hablar de los ideólogos decía que se trataba de
parásitos). Las ideologías son evidentemente, fruto del pensamiento. ¿Atacar las ideologías significa, entonces, combatir el pensamiento mismo? En efecto, el pensamiento es la diferencia específica del hombre; al hombre se lo llama “homo sapiens”. Sin embargo, Aristóteles, el príncipe del pensamiento, ha escrito en algún lugar palabras que bastan , por sí mismas, para refutar las ideologías; ha dicho que es absurdo ceñirse únicamente al pensamiento. Confiar solamente en el pensamiento, y nada más que en el pensamiento es, precisamente, el caso de los ideólogos. Justamente se es ideólogo cuando el pensamiento se separa poco a poco de la realidad, cuando ignora su complejidad y su misterio y se desarrolla según sus propias leyes, para, finalmente, substituir a lo real. Toda ideología reposa sobre la convicción de que la inteligencia humana es capaz de abrazar la realidad por sus únicas fuerzas, de fabricar una calve que le permita descifrar al universo y al hombre. Y si el pensamiento se transforma en un poder para modificar a la naturaleza y al ser humano mismo en función del mecanismo de las ideas, mejor aún. En este sentido podemos hablar de un parentesco entre la ideología y la utopía. En la lengua provenzal, cuando se habla de un hombre que tiene proyectos irrealizables, se dice ideius, lo cual se podría traducir como “un
hombre que no tiene más que ideas”.

Esta especie de fe en la verdad y en la omnipotencia de la idea, esta idolatría del pensamiento, elimina, por un lado, la observación empírica, el espíritu científico, que verifica la idea por el hecho; por otro lado, elimina el acceso a una verdad trascendente, elimina el misterio de lo sobrenatural, de lo divino, de aquello que sobrepasa todo lo humano.

Se trata, en el fondo, de la divinización de la razón: ésta ha sido puesta en pie de igualdad con lo absoluto. Un ejemplo lo tenemos en el ideólogo racionalista Voltaire, quien, por un lado, permanecía impermeable a las cosas divinas, al misterio; se burlaba, por ejemplo, del daimon de Sócrates; decía que para creer en la presencia de un demonio (en el sentido griego de la palabra; como una inspiración interior) había que ser un imbécil o un bribón. Y por otro lado, el mismo Voltaire era impermeable a la búsqueda científica. Justamente en esta época daba sus pasos iniciales la paleontología; se habían encontrado conchillas marinas sobre las montañas de los Alpes, de lo cual se deducía que en algún momento el mar había estado en ese lugar. A esto Voltaire contestaba que, en realidad, se habían hallado las conchillas que los peregrinos llevaban sobre sus sombreros. De modo análogo comprendía toda la antigüedad.

El ideólogo, pues, se niega a reconocer que existen muchas más cosas sobre la tierra y bajo el cielo que la filosofía no llega a conocer. Es entonces la negación de toda experiencia, desde el empirismo de la ciencia hasta el de la religión (se niega la experiencia de las cosas divinas).¿Cómo han nacido y de qué modo han aparecido en el mundo las ideologías? Es un fenómeno específicamente moderno, del cual se encuentran apenas algunos vagos esbozos en el pensamiento antiguo o medieval. La ideología comienza aproximadamente hace doscientos años, principalmente con la ideología de la revolución de 1789 que es producto de Jean Jacques Rousseau. Más tarde hubieron otras ideologías modernas: la ideología liberal, la marxista, fascista, hitleriana, etcétera. Pero nadie, absolutamente, podría hablar de una ideología romana: en Roma se puede hablar de fuerza, se destacaba el derecho, pero jamás la ideología. Los antiguos tenían religión, tenías ritos, mitologías, costumbres, usos, leyes, pero no tenías ideologías.

La idolatría del hombre por el hombre les era totalmente extraña. Las ideologías comienzan entonces a florecer en el siglo de las luces y con el culto de la razón. El siglo XIX y la primera mitad del siglo XX rebosan de ideología. En la canción de la Internacional que fue hecha bajo el régimen de la Comuna, hay unos versos que dicen así: “la razón hierve en su propio cráter”. Personalmente, desconfío mucho de toda ebullición, y mucho más aún de las ebulliciones del cerebro: el cerebro no está hecho para hervir, sino que está hecho para conocer.

Pero volvamos a nuestro tema. Evidentemente, el pensamiento no puede separarse totalmente de lo real. Todas las ideologías tienen como raíz una cierta observación de lo concreto; por ejemplo, el marxismo, en el descubrimiento de la importancia de los fenómenos económicos; la ideología freudiana (podemos en efecto, hablar de una ideología del psicoanálisis) parte de la observación de las motivaciones que escapan a la conciencia clara, de la libido sexual.

Todas estas ideologías contienen una verdad en su análisis, pero, confunden el análisis y la síntesis; reconstruyen el todo arbitrariamente a partir del elemento que ellas han disociado, y lo hacen un poco al modo de los anatomistas.

Lo que hace un anatomista, justamente, es cortar los órganos, pero es incapaz de rehacer un cuerpo vivo, uniendo unos a otros los órganos que ha disecado. Esto ocurre en todas las cosas humanas: siempre hay mucho más en la síntesis que en el análisis. Si, por ejemplo, hacemos el análisis de un muy buen vino y de un vino malo, hallaremos más o menos, los mismos elementos en uno y otro: hay agua, tanino, alcohol, entre otros compuestos. No hay en esto diferencia, salvo que el buen vino es el buen vino, y el vino malo, es malo. Este es el defecto de aquellos que, en el colmo de la audacia, tienen pretensiones científicas. Es el caso de los ideólogos, que sacan conclusiones
universales de observaciones parciales. Son lógicos; hasta diría que, incluso, lo son en demasía; esto es lo único que saben. Es terrible saber y no saber otra cosa que el saber. Se cuenta que se había recomendado, en una oportunidad, a Talleyrand, el gran diplomático francés, a un joven muy sabio. Según le habían dicho, este joven lo sabía todo, por eso le pidieron que lo tomara como discípulo. Talleyrand recibió entonces al joven, lo escuchó, y
finalmente lo despidió sin tomarlo. Luego dijo a la persona que se lo había recomendado: “Usted tiene razón; sabe todo, pero sólo sabe eso”. El hecho de ser demasiado lógico (hace un rato hablé de los diez pájaros sobre el árbol), le hizo decir en una oportunidad a Chesterton que un loco es un hombre que ha perdido todo, excepto la razón. Y esto es exacto, ya que en los asilos de alienados, lo locos razonan perfectamente bien. Se cuenta que un día, un loco fue a ver al director del manicomio y le dijo que había hallado el medio de ganar doscientos millones de francos por año cazando. Le contó que había visto a un guardián del manicomio que había disparado y matado una alondra.

La munición costaba en la época, diez francos, y el pájaro costaba cincuenta francos, lo cual hacía cuarenta de ganancia. Luego, para recargar el fusil, eran necesarios diez segundos, de modo que se podían matar seis pájaros por minuto; en una hora hay sesenta minutos y, trabajando ocho horas por día, serían dos mil doscientos y algo; trabajando una semana se llega a una suma fantástica, siendo que puedan cazar diez guardianes… En fin, se puede hacer un cálculo perfectamente exacto. Una sola cosa no había sido prevista y es que había poquísimos pájaros subidos a los árboles del manicomio. Ahora voy contarles algo que sucedió en Bélgica. Los belgas tenían en una época, muchos coches americanos y, como éstos son siempre muy grandes, pagaban impuestos más altos que los demás coches. Entonces, los políticos calcularon: hay mil, dos mil, diez mil coches americanos; de modo que conviene aumentar la tasa de uno a tres y, en consecuencia habrá una ganancia tres veces mayor. Se dictó la ley, pero la gente que tenía los coches americanos y que no estaba dispuesta a pagar ese impuesto, vendió los coches o compró otros más pequeños, de modo que el dinero recaudado fue mucho menos de lo que se creía, ya que a pesar de los cálculos del fisco, aquí también “huyeron todos los pájaros”.

La ideología se injerta en la realidad, como un cáncer que toma la forma del órgano que devora para, finalmente, aniquilarlo. Se injerta en la razón, cuyo mal empleo es justamente el origen de la ideología y la conduce –he aquí la paradoja–, a la sin razón absoluta. Es una lógica que ha vuelta la espalda a la verdad concreta.

Recuerdo unas palabras proféticas de Federico II, el rey de Prusia, que le escribió a Voltaire. Voltaire le pidió al rey que recibiera en su reino a algunos ateos franceses, que habían sido perseguidos por el gobierno francés. Federico II, que no tenía fe, le respondió textualmente, según lo testimonia la correspondencia que mantenían: “escúcheme, yo no soy un fanático, con mucho gusto voy a recibirlos, mi querido Voltarie. Yo no creo en Dios, pero mi pueblo tiene necesidad de religión”. Y luego dijo esta frase admirable: “Mi querido Voltarie, nosotros hemos conocido el fanatismo de la religión, desconfiemos del fanatismo de la razón”. Veinte años después, se rendía culto a la diosa Razón, durante la revolución francesa.

Dijimos entonces que se injerta en la razón, y también se injerta en la ciencia, bajo la forma de una ideología cientista. Es menester destacar que el cientismo no es la ciencia: es la ideología de la ciencia. El cientismo detiene incluso los progresos de la ciencia. De lo que acabo de decir existen varios ejemplos. Es el caso del profesor húngaro Schleicher, quien descubrió la anestesia. En los hospitales en que se usaba sucedía que entre las mujeres que estaban por dar a luz, morían nueve de cada diez de fiebre puerperal. Se notó que al lavarse y limpiarse bien las manos, desaparecía la fiebre puerperal. La causa de la mortandad no era, entonces, la anestesia. La experiencia cotidiana era clara y, sin embargo en esa época se negaba este descubrimiento en nombre de las normas científicas del momento. El profesor Schleicher murió realmente incomprendido. Otro ejemplo lo tenemos en Rusia, en el caso
Lisenko. Este especialista en genética, pretendía que sus experiencias confirmaran las ideas marxistas, lo cual fue desmentido luego por la práctica; sin embargo, el dogma permaneció en vigor en Rusia, durante veinte años. En medicina las modas también constituyen una ideología. Cuando yo era chico, por ejemplo, el dogma era tomar aceite de hígado de bacalao: todos los niños debían tomar esta cosa horrible y todas las madres se la daban a sus hijos.

Más tarde, conocí la moda que se expandió después de Pasteur; se había descubierto el microbio: todo el mundo le tenía miedo al microbio, no contaba otra cosa; entonces, había que comer todos los alimentos cocidos y recocidos. Luego se vio que esto era ridículo y, más tarde, se adoptó la moda contraria: cuando se descubrieron las vitaminas, hacia los años treinta o cuarenta, había que comer todos los alimentos crudos.

Sin embargo, el gran terreno de acción de la ideología, es la política. En la utopía política se pretende reconstruir la realidad a partir de esquemas abstractos, elaborados en cerebros recalentados en su propia fermentación, y hacer brotar realidades sociales como plantas de invernadero. Esta ideología es completamente desmentida por la experiencia, pero la refutación de la teoría por los hechos, carece de todo peso: ¡qué mueran los hombres antes que abandonar el principio! El ejemplo de Rusia es muy significativo; allí, respecto a la producción agrícola privada, en las pequeñas parcelas de tierra que le dejan a los campesinos (las otras están colectivizadas) el rendimiento es diez veces mayor que en las tierras colectivizadas; y sin embargo, no se quiere admitir esta evidencia porque es contraria a los principios. Les voy a contar una broma que una vez me contó un ruso. Para atraer divisas extranjeras, dólares, los rusos decidieron construir una boite. Lo hicieron con mucho lujo. Un día llegó un cliente, se fue y nunca más vino ningún otro. Con gran preocupación, convocaron al director de la boite, para plantearle qué es lo que estaba ocurriendo. Y él contesto: “yo no sé qué pasa, señores. Tenemos el mejor champagne del Kremlin, el mejor caviar del Mar Negro, la calefacción, la iluminación, todo es muy bueno”. Entonces los miembros del Comité
supremo le preguntaron: “¿Y las mujeres del local?”. “Ah, –les contestó el director–, perfecto, todas tienen el carnet del partido, desde 1917, desde la revolución”. ¡Tenían todas bastante más de sesenta años! Evidentemente, los rusos permanecían fieles a la ideología: la edad no tenía ninguna importancia.

Las ideologías llevan la tiranía a su máxima expresión. Cuando se cree saber todo, también se cree poder todo, como Dios, que es a la vez omnisciente y omnipotente; no hay ya más freno ni límites, porque el hombre se ha vuelto Dios, con su mismo poder. Los mismos marxistas han dicho en numerosas oportunidades que el déspota ilustrado es el peor de los déspotas, ya que el poder de su voluntad oculta toda la verdad y el bien final. Y es aquí donde surge el peor de los terrores: el terror de las ideologías. Cualquiera sea la resistencia que le opongan las cosas, es necesario que la idea entre por la fuerza en la realidad. En una época en la que no abunda la virtud, para encarnar un ideal hay que sustituir la virtud por el terror. Son las palabras de Robespierre, quien decía: “La revolución reposa sobre dos pilares: la virtud y el terror. La virtud, sin la cual el terror es odioso, y el terror, sin el cual la virtud es impotente”. Al fanático de la ideas no le interesa en absoluto que los resultados prácticos sean totalmente
opuestos a los principios. Los de la revolución eran: libertad, fraternidad, igualdad. Con respecto a la libertad, se proclamaba en slogans de la revolución: “que no haya libertad para los enemigos de la libertad”; y los enemigos de la libertad eran aquellos que no tenían las mismas ideas de libertad que los revolucionarios. Con respecto a la fraternidad, podemos afirmar lo mismo; se decía “sé mi hermano o yo te mato”. En cuanto a la igualdad, se vieron
surgir nuevos maestros, promotores de la igualdad, que desembocaron en la peor de las desigualdades: la desigualdad del dinero, la desigualdad de la burocracia, el parasitismo. Lo “igualizado” no es lo igual, ya que siendo los hombres desiguales por naturaleza, no es posible volverlos iguales, sino por la fuerza, y para ejercer la fuerza, hay que ser desigual. El despotismo lleva al extremo la desigualdad.

Lo que es peor aún, es que el fanatismo de los ideólogos se expande entre la muchedumbre, por un lado por la violencia abierta, o bien por la propaganda, que constituye otra especie de violencia. El fanático tiene siempre algo de apóstol, tiene necesidad de crear fanáticos. Se da entonces una curiosa mezcla donde se confunde la ebullición pasional con la frialdad de la idea. Víctor Hugo dice: “el fanático es ardiente, lo que no le impide estar frío; y es sincero, lo que no le impide ser de mala fe”.

Este fanatismo, insisto, tiene siempre un fundamento en lo real, pero deforma, mutila ese núcleo de realidad, en función de la ideología que la inspira. Falsifica las energías y las pasiones que provienen de lo real, para transformarlas en abstracciones; y las abstracciones son verdaderos monstruos sin entrañas: tienen hambre pero no tienen estómago. Así es el patriotismo nacido de 1789: la patria no es otra cosa que un abanderado al servicio de la
ideología revolucionaria: no existe más la verdadera patria. Se sirven del verdadero amor de los hombres hacia la patria, para ponerlo al servicio del falso patriotismo de la idea. Y esto lo vemos claramente en las guerras modernas: no son más guerras de interés, ni de prestigio; son guerras ideológicas. Y como son guerras ideológicas, se convierten en guerras totales.

Éstas son un fenómeno moderno. La idea, a diferencia de la realidad, no conoce límites; los intereses sí los tienen, pero las pasiones que se nutren en la ideología, carecen de fronteras. ¡Ah, si los hombres no tuvieran más que intereses! En sus guerras, en sus odios, sacrifican sus intereses a sus pasiones. Lo vemos, por ejemplo, en el estado en que quedaron los campesinos después de las guerras. Esto le haría decir a Talleyrand, a quien cité más arriba, que habría que sustituir los intereses que acercan, por las pasiones que dividen. Junto al fenómeno de las guerras modernas, aparece la propaganda que obsesiona, que desnaturaliza, que destruye al adversario y que promete el absoluto con la victoria. Lo vemos principalmente en la primera guerra (1914) y que yo mismo viví. Al leer los diarios, notaba que todo lo que era alemán, en los diarios franceses, era considerado como diabólico: no se podía nombrar más a Goethe, Wagner no tenía ya genio. Del lado alemán, ocurría exactamente lo mismo: todo lo francés era algo ligero, poco serio, desprovisto de consistencia. Cien millones de hombres fueron necesarios para esto: Europa se suicidó a causa de las ideas. El final de la primera guerra mundial (“la última de las últimas”) prometía un renacimiento de la humanidad victoriosa. Y el resultado, veinte años después, fue Hitler de un lado, y Stalin del otro. He aquí a donde llevan las ideologías. Siempre se prometen maravillas: los rusos prometen el paraíso terrenal, Hitler prometía mil años de felicidad para Europa. Por algo se decía que todos los asesinos ven el porvenir color de rosa: esto formaba parte del oficio.

Del mismo modo, el terreno religioso está drenado por las ideologías políticas y sus falsas promesas. Como el hombre necesita de la fe –y ahora, cada vez más notablemente, el hombre moderno ha perdido en parte la fe religiosa– la política intenta ocupar su lugar. La ideología se pretende ciencia y no cesa de recurrir a la fe. Como alguno decía de Lenin: “Él cree que sabe y no sabe que cree”. Es una fe sin trascendencia, sin misterio, una fe en el hombre. No, ni siquiera es una fe en el hombre, sino en una secreción abstracta del cerebro humano. Lo que es curioso es que para prometer este absoluto, se llega a disfrazar el lenguaje, a falsificarlo. Como se habla en todo momento del progreso, ni siquiera se menciona por su nombre a las cosas desagradables de la humanidad. Las palabras cada vez engañan más y no se llama ya a las cosas por su nombre. Yo no sé lo que ocurre entre ustedes, pero en Europa, por ejemplo, no existe más el ministro de guerra: ahora está el ministro de defensa; todo el mundo se defiende, nadie es el que ataca. ¿Cómo se entiende la guerra? Eso es un misterio.

Del mismo modo, la palabra “pobre” ha desaparecido. En Francia se dice “económicamente débil”. Nada más alejado del concepto cristiano de pobreza, lleno de grandeza, que San Francisco exaltó; por eso se hacen votos de pobreza entre los religiosos. ¿Conciben Uds. Que alguien haga votos de “debilidad económica”? Otra palabra que engaña, “democracia”. La democracia implica un régimen político y que, como tal, puede ser apropiado en algunos países, y no serlo en otros. Sin embargo, actualmente “democracia” se ha convertido en sinónimo de todo lo que es bueno, alude a la generosidad, a todo lo que está bien, en cualquier ámbito. Leí una vez en un diario: “democratización de la belleza”. ¿Qué significa esto, que todas las mujeres se convertirían en hermosas, por lo que dice un periodista? Otra palabra: “fascismo” significa todo lo que es malo; en realidad, se refiere a una doctrina política elaborada por un cierto señor Mussolini que, entre paréntesis, yo no comparto. En el fondo, nadie sabe bien de qué se trata, pero todo lo que es fascismo es malo y todo lo que es democracia es bueno. Un día fui invitado a un almuerzo democrático. Yo preguntaba de qué se trataría; me dijeron que era una comida para comer en común. Esto no tenía sentido: ¡si todas las comidas a las que nos invitan son para comer en común! En fin, se trataba de un almuerzo “simpático”. Es, como ven, una mentira organizada que se extiende a todos los ámbitos. Les voy a contar una anécdota alemana; es un chiste que me contaron cuando yo estaba en Alemania en la época hitleriana. Al morir el doctor Goebels, que era ministro de propaganda, se presentó en el paraíso, donde fue recibido por San Pedro. Al llegar, muy tímido, no se animaba a pasar. San Pedro le dijo: “Encantado de recibirlo, Dr. Goebels, pase usted”. Al cabo de un tiempo en el paraíso, en esa vida de contemplación y de cánticos, el doctor empezó a aburrirse. Un día vio en el horizonte unas nubes, sobre las cuales había gente que estaba bebiendo champagne, con mujeres muy hermosas, con pocos vestidos. Entonces preguntó qué eran esas nubes, y le contestaron: “es el infierno, doctor”. “Ah! –contestó él– el infierno me parece preferible al paraíso”; a lo que se le replicó: “Usted puede ir allí si quiere; no es prisionero aquí”.

Entonces Goebels salió del cielo y se fue al infierno. La puerta estaba cerrada; tocó y ésta se abrió, y fue engullido dentro; y se encontró en un lugar horrible, con diablos y tormentos. Entonces le dijo al demonio: “Esto no vale, no puede ser; yo dije que quería ir a esas nubes tan hermosas con mujeres, con champagne, que veía desde el cielo”.
“Ah, doctor! –le contestó–: “estas nubes de las que Ud. habla, son nuestro ministerio de propaganda”.

Lo que me parece muy claro es que las ideologías comienzan a mostrar signos de agonía. He citado varios casos de ideologías; por ejemplo el cientismo, éste ha cumplido su ciclo. Los progresos de la ciencia nos revelan, cada vez más, la complejidad misteriosa del mundo exterior y del ser humano mismo. La ciencia descubre su relatividad a medida que avanza más profundamente en sus conquistas. No es posible decir con exactitud lo que es la materia, ni
con precisión qué es la vida, y a medida que la ciencia avanza, el misterio se torna más hondo. Más se sabe, y menos se cree saber. Recuerdo unos versos proféticos de Víctor Hugo, en los que habla de los progresos de la astronomía, haciendo referencia a que la realidad profunda del universo se dilata, a medida que se avanza en ella; dice que “al avanzar las lentes, retroceden las estrellas”. Los verdaderos sabios, en última instancia, son todos anti-cientistas.

En cuanto a las ideologías filosóficas y políticas, donde las ideas pasan por ser realidad, y donde las palabras ocupan el lugar de las ideas (actualmente ya no hay más que palabras, ni siquiera hallamos ideas), la reflexión me lleva a afirmar que en cuanto éstas se encarnan, desembocan en resultados diametralmente opuestos a sus principios y a sus promesas. Por ejemplo, la ideología liberal, que prometió la más completa felicidad, con el aumento del bienestar y del consumo. Y se constituyó en un factor de alienación general, de saturación y de aburrimiento. Es notable que sea en los países más desarrollados donde la gente se aburre más. La vida en Suecia no es en absoluto agradable, al contrario, es algo siniestro; y en Suiza ocurre más o menos lo mismo. Algunos sociólogos afirman – y lo que dicen, aunque no es estrictamente cierto, tampoco es totalmente falso – que la sociedad oscila entre la miseria y el aburrimiento. Yo vivo en un pueblo de campesinos, y debo confesar que cuando éstos eran jóvenes y pobres eran mucho más felices que hoy, que están llenos de comodidades.
Carecieron del espíritu necesario para vivir con plenitud en el bienestar que habían conquistado. El bienestar es algo deseable, a condición de desear otra cosa además de ese bienestar.

La ideología socialista preveía el deterioro progresivo del Estado, la sociedad sin clases, la reconciliación entre el hombre y la naturaleza y del hombre consigo mismo; y nosotros podemos ver lo que esto ha dado por resultado. Nada más alejado de la promesa de un Estado con una sociedad sin clases, donde no existiría más ni el dinero, ni la policía, ni la justicia, y donde todo el mundo, según las palabras de Marx, trabajaría según sus fuerzas y consumiría
según sus deseos. Y esta promesa, tan extraña a la realidad, me hace recordar, en lo que se refiere al deterioro del Estado, a un congreso al que concurrí hace algunos años. Se exponían en él todos los libros concernientes a todas las opiniones políticas. Se hallaban allí las obras de Lenin, pero no estaba su libro sobre el deterioro del Estado, y la sociedad ideal. Había un ruso en el congreso, que no dijo nada en las sesiones (siempre están vigilados), pero yo lo
encontré más tarde en el tren, a solas; entonces le pregunté por qué no estaba en venta el libro de Lenin sobre el deterioro del Estado, y él me contestó: “¿Sabe usted lo que se ha deteriorado en Rusia? Precisamente la idea del deterioro del Estado”. A este resultado nos ha llevado la ideología socialista; claro que me refiero al socialismo entendido como ideología, y no a un socialismo vivido; dicho de otro modo, se da a veces el socialismo, sin tener su nombre.

Cuando se pronuncia demasiado su nombre, quiere decir que en el fondo, no hay más sociedad. Y justamente, todos los “ismos” que se agregan a las palabras son extremadamente negativos. El liberalismo devora la libertad; es como un “zorro libre en un gallinero libre”. Así también el socialismo es enemigo de la sociedad, y el comunismo es enemigo de la comunidad, de la verdadera comunidad humana. En la Edad Media, por ejemplo, existía mucho más socialismo que en la sociedad actual: lo vemos en los monasterios, donde los bienes se tenían en común; la mayor parte de los pueblos tenían bienes comunitarios.Después de hacer esta crítica, creo que es necesario indicar dónde y de qué modo se puede hallar la salvación. El hombre moderno percibe la nada, el vacío de las ideologías: fueron
puestas a prueba y no salieron victoriosas. Nosotros sabemos –y esto está ya en el Génesis– que el árbol de la ciencia, no es el árbol de la vida. Es un símbolo maravilloso, que demuestra que al comer el fruto del árbol de la ciencia, hemos apartado de nosotros el árbol de la vida.

Las ideologías han producido un fruto mortal. La salvación, entonces, la veo no en la renuncia a la inteligencia, sino en la renuncia al orgullo y a las pretensiones autónomas de la inteligencia. Esto implica una doble conversión; en primer término una conversión a las realidades que yo llamaría elementales: la naturaleza en general, y la naturaleza del hombre en particular, con sus caracteres invariables, mediante los cuales, el devenir se fija alrededor de un eje inmutable. Y, en segundo término, volver al primado de la experiencia sobre el pensamiento puro, o al menos, el control permanente del pensamiento por la experiencia. Esto constituye lo que yo llamaría, un empirismo crítico. En este empirismo, los progresos de las ciencias denominadas humanas, podrían aportar criterios, con la condición de despojarlas de sus excrescencias ideológicas, que nos permitirían distinguir lo verdadero de lo falso, lo permanente de lo caduco, lo esencial de lo accesorio, lo posible de la quimera. Lo que se debe rescatar a todo precio es un empirismo que aprovecharía toda la lección del pasado para construir el presente, y para preparar el porvenir; que estaría basado en una perpetua confrontación entre lo que es y lo que debería ser, entre lo verdadero y lo real. Éstas, si bien no son cosas totalmente diferentes, lo son de alguna medida, ya que la verdad suprema está más en la esencia de las cosas, que en su existencia. Habría que hacer remontar, con un paciente trabajo, la existencia, hacia la esencia; esencia que es la perfección del ser. Es curioso que a veces, utilizamos la palabra "verdadero" para designar algo que no se puede tocar; ya que por ejemplo, cuando vemos un viejo caballo enfermo, decimos: "Esto no es un verdadero caballo", y sin embargo es real, está allí, pero no es "verdadero": esto, no es conforme a la esencia de caballo. El empirismo de que hablo nos permite ir tras un ideal, sin menoscabar lo real, es decir, hay que hacer entrar dentro de la realidad tanto ideal como pueda ésta contener sin estallar. Contrariamente, las ideologías intentan hacerlo entrar cueste lo que cueste, sin tener en cuanta las condiciones reales.

He dicho, entonces, conversión a las realidades elementales, naturales, a la naturaleza misma y a la naturaleza del hombre y, además, añado: conversión a la religión, a la trascendencia, a Dios. Es muy difícil hablar de Dios a muchos hombres modernos. En Argentina, ustedes viven relativamente en una Cristiandad, en un mundo en el que se habla de Dios; hay, sin duda, un ambiente social en el cual desde pequeños, los niños escuchan hablar de Dios.

Pero en muchísimos países esta palabra no significa absolutamente nada. Sin embargo, habría que preguntarle a cada hombre, recurriendo a su experiencia, si no hay en él una dimensión que excede lo meramente humano, un llamado más o menos velado, pero permanente, hacia esa dimensión, porque cuando el hombre reflexiona, se encuentra a veces encerrado en contradicciones insolubles. No quiere morir, pero muere. Tiene sed de una felicidad perfecta, la busca por doquier, y no la encuentra en ninguna parte. Tiene sed de un bien ideal (en tal medida, que le pide a los otros hombres este bien ideal). Una vez una mujer me preguntó cuál es el bien verdadero, y yo le contesté: "El bien ideal es el que esperamos de los otros". Les pedimos, en verdad, mucho a los otros; tenemos el sentido de la perfección, y se la pedimos a los otros, y cuando los otros se comportan incorrectamente, nosotros lo percibimos perfectamente bien. Les pedimos a los otros que realicen ellos nuestro ideal; al ladrón mismo no le gusta ser robado. Santa Teresa se decía que no comprendía quién había podido dar a los hombres del mundo ese sentido tan acabado de la perfección, ya que entre las religiosas es notable cómo perciben los más mínimos defectos con una lucidez incomparable (los defectos de las otras, claro está). Por eso Santa Teresa se preguntaba por qué no utilizaban ese sentido de la perfección en ellas mismas. También el hombre tiene sed de una sociedad perfecta, que no se concreta nunca; tiene sed de un amor sin eclipses, y estos amores mueren con él –y a veces antes que él–. Peguy habla de la confesión de un hombre de cuarenta años y afirma que todo hombre de esa edad sabe –y esto es su secreto– que aunque existen momentos de felicidad, la felicidad absoluta no es posible. Todos tenemos sed de algo que no existe aquí, que no tenemos en este momento; y es sólo eso, que no existe en este mundo, lo que puede dar un sentido y una esperanza a nuestra existencia. Esta entidad misteriosa es la causa de nuestras contradicciones terrenas, y es Dios. Habría que decirles a los hombres, que creen en un imposible, que es menester que ese imposible se encuentre en algún lugar: lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios.

Malraux decía que nuestra civilización es la primera en ser conciente de que ignora el significado del hombre. En otro lugar, también ha escrito que la civilización moderna, la civilización de las máquinas, la más poderosa que existió, no ha sido capaz de crear un templo ni una tumba. Para construir un templo, es necesario creer en el Dios que lo habita, y para crear una verdadera tumba, es necesario creer en la inmortalidad del alma. Todo esto puede, en fin, resumirse en las palabras de Aristóteles, que fue el príncipe del pensamiento y de la razón y por ende, el más grande enemigo de las ideologías: "Es desconocer al hombre el no proponerle otra cosa que lo humano y por eso no hay que escuchar a los que aconsejan no pensar más que en las cosas humanas, con el pretexto de que somos hombres y renunciar a las cosas inmortales con el pretexto de que somos mortales".

La conclusión es que las ideologías son el fruto más venenoso del pecado original. Bossuet define el pecado original con una fórmula realmente prodigiosa: "El hombre ha caído de Dios sobre sí mismo". Y justamente, cayendo sobre sí mismo, se ha hecho mucho daño, se fracturó en mil pequeños pedazos; se peca en la medida en que se pierde la unidad. Dios es la unidad, el pecado es la dispersión. En una apología oriental, se hace hablar al diablo, y éste dice: "Yo soy un comedor de pedazos". Y el único remedio a todo esto, ya que el hombre ha caído de Dios sobre sí mismo, está en el movimiento inverso, que consiste justamente, en retornar desde sí mismo hasta Dios.

Fuente:

http://www.monografias.com/trabajos10/joes/joes.shtml

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